Si en aquel tiempo la idea de la muerte me ensombreció el amor, como se ha visto, ahora el recuerdo del amor me ayudaba, desde hacía tiempo, a no temer a la muerte. Pues comprendía que morir no era cosa nueva, si no que, por el contrario, desde mi infancia había muerto ya muchas veces.
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Ha de nacer la hierba y han de morir los niños [Victor Hugo citado por Proust]
Yo digo que la ley cruel del arte es que los seres mueran y que nosotros mismos muramos agotando todos los sufrimientos, para que nazca la hierba no del olvido, si no de la vida eterna, la hierba firme de las obras fecundas, sobre la cual vendrán las generaciones a hacer, sin preocuparse de los que duermen debajo, su “almuerzo en la hierba”
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Esta idea de la muerte se instaló definitivamente en mí como un amor. No es que yo amase la muerte, la detestaba. Pero, después de pensar en ella de cuando en cuando como en una mujer a la que no amamos, ahora el pensamiento de la muerte se adhería a la capa más profunda de mi cerebro tan profundamente que no podía ocuparme de una cosa sin que esa cosa atravesara, en primer lugar, la idea de la muerte, y aunque no me ocupara de nada y permaneciera en un reposo completo, la idea de la muerte me daba una compañía tan permanente como la idea del yo.
MARCEL PROUST, extractos de El tiempo recobrado
Acabo de terminar En busca de tiempo perdido; imperturbable y languideciendo en posición horizontal, COMO ha de ser.






